13 enero 2006

Mena

Conservo intacta la estupefacción que me produjo escuchar hace ya días la declaración del militar Mena. Hoy el Consejo de Ministros ha acordado su cese y pase a la reserva y yo me pregunto ¿eso es todo?, ¿ya está?, ¿no le van a procesar? La alusión por un militar de la más alta graduación a una intervención del ejército fuera de los cauces constitucionales, exhibiéndose sin rubor como contrapoder y controlador del Legislativo, desconociendo (perdón, conociendo perfectamente) su absoluta sumisión al Gobierno elegido por los ciudadanos y, en defintiva, contra población española, no puede tener tan ridícula sanción.

Se me hace más incomprensible al observar cómo poco a poco se expande debidamente administrado el veneno inoculado por el militar en una sociedad receptiva a la que otros llevan tiempo predisponiendo.

En 1980 la declaración del militar Mena llamaría mucho menos la atención. Se diluiría entre otras semejantes o incluso más graves. Pero entonces no había espacio de duda, ni para justificaciones ni para contextos en una sociedad en primer curso de democracia, pero con un impulso y claridad de conceptos propia de las más avanzadas.

De aquéllo no quedan ni las cenizas. Lo que en 1980 sólo encontraban en su desayuno los lectores de El Alcázar -esa 'comprensión' del malestar de los militares ante los desmanes de un gobierno democrático, ese 'contexto' -que justificaba que tuvieran a los españoles con los genitales bajo las orejas-, ese 'desgobierno' -expresión franquista donde las haya- lo puede leer cualquiera, desde que Mena dio su paso al frente, todos los días en La Razón, en el Mundo, en el ABC, en las publicaciones mal llamadas católicas, escucharlo en la Cope, en Onda Cero, verlo en Telemadrid y en no sé cuantos sitios más. Está colgado en internet, lo recibimos en nuestros móviles. Hasta se lo hemos escuchamos decir a la oposición, brutalmente ciega desde marzo de 2004 e incapaz de defender las instituciones democráticas -no ya a sus titulares- frente a la amenaza de un mando militar.

No era tan madura nuestra democracia. Pero nada en absoluto. Si no se tiene claro que ni el Ejército ni sus jerarcas levantan la voz al Gobierno ni a los representantes de la soberanía popular no se tiene claro nada. Y eso no admite contextos, explicaciones, disculpas ni aclaraciones.