Alto el fuego permanente

Las buenas palabras de la oposición ayer en el Congreso fueron sólo aparientes y fruto más de una situación de KO momentáneo que de otra cosa. Pero hoy sus portavoces vuelven a estar ya en plena forma. No preocuparse. Pase lo que pase y haga lo que haga el Gobierno, se estará pagando un precio político a la banda. Esta sentencia está ya dictada. De hecho una parte importante de ese precio ha sido ya pagada con la aprobación en la Comisión Constitucional del Proyecto de nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña, según el fino análisis de Oreja, cuyo respeto por los electores y representantes catalanes está algo verde, y que se muestra alarmado porque lo que ETA pretende es el derecho de autodeterminación del País Vasco. Pues sí que sorprende la cosa. Lo mismo el ex ministro esperaba un comunicado que diera vivas al Rey.
Y es que si ETA pasa de ser una organización terrorista a ser un grupo que, por métodos pacíficos y siempre que sus criminales no queden impunes y cumplan sus deudas con el Estado y sus víctimas, impulsa la autodeterminación del País Vasco, o la anexión de Navarra, o la reunificación con el País Vasco Francés, se habrá ganado la batalla. Porque de eso se trataba. Y la respuesta a sus aspiraciones políticas la darán los ciudadanos por los conductos habituales en democracia y con más madurez que la que muchos les suponen. Si no que pregunten a Ibarretxe, que pretendió refrendar por vía de elecciones autonómicas aquel Plan de su mismo nombre rechazado por el Congreso y salió, con 140.000 votos menos, escaldado de su apuesta.
En política comparada estas cosas funcionan como aquí las empezamos a ver. Y, cuando se hace evidente una situación de movimiento como la que se está produciendo, las apelaciones a que sólo valga el comunicado de la autodisolución con petición de perdón, renuncia a objetivos y que los terroristas se presenten cada uno y por su pie en la cárcel más próxima a su domicilio no sirven para nada si de verdad se quiere que esto termine, considerando el soporte social de que goza ETA y su capacidad para regenerarse ad infinitum. Afirmar ésto, salvo en la destructiva lógica de Aznar, no es ser cómplice ni amigo de los verdugos. Porque si se conducen adecuadamente las nuevas circunstancias tal vez lleguemos a un resultado que de otra forma no se conseguiría. Las pretensiones políticas que hasta hoy se apoyaban en bombas se canalizarán por los cauces de la democracia, o lo que es lo mismo, en la voluntad de los ciudadanos, y se podrá incluso con el tiempo obtener algo que se parezca al perdón o a la reconciliación.
Nadie pareció amargado en 1998, cuando el Gobierno se encontró de rebote con una tregua en cuya gestación no intervino y que no pudo pilotar ni conducir. De hecho cuando se hizo pública Aznar estaba en algún país de Sudamérica. Una tregua pactada entre ETA y el PNV, que se anunció con un duro comunicado en la antípodas del que se hizo público ayer, tanto en el fondo como en la forma, en el que expresamente conminaba los nacionalistas vascos a la ruptura de cualquier contacto con España y exigía la constitución inmediata y como paso previo a cualquier proceso, de instituciones radicalmente anticonstitucionales como Udalbiltza. Fue la contribución de ETA al acuerdo de Lizarra.
Nada que ver con la nueva situación, mucho más esperanzadora para todos, salvo para esos sujetos de nuestro paisaje nacionalcatólico, cuya calificación se hace cada día más difícil, a los que incomprensiblemente la declaración de alto el fuego les ha jodido la cuaresma.

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