14 diciembre 2006

Lo que queda del General (I)

Aunque el archimillonario General Pinochet acaba de pasar a un forzoso y prolongado retiro del que no está previsto que retorne, no es a él a quien se refiere el título, sino a aquel otro que se hizo digno acreedor a la admiración del chileno, aquel cuya magna persona lo era tanto que algún sastre del idioma hubo de estirarle el rango, en feliz ocurrencia, de General a Generalíííísimo, privando a la historia de otras dignidades como la de Generalón, Generalote o Generalazo, posibles y sin duda más en la tradición cuartelera que lo encumbró.

Entre los elogios de todo signo que en el día de hoy ha mercido en su fallecimiento la Ministra Loyola de Palacio, me ha llamado la atención uno de los dedicados por Mariano Rajoy, al referirse a ella como ‘enormemente española’. Hasta hoy, con la condición de ‘enormemente español’, yo sólo podía pensar en Pau Gasol o en aquellos nacionales que rebasan los dos metros de altura o los ciento cincuenta kilos de peso.

Sin embargo, la atribución de semejante cualidad a la que fue Ministra me ha llevado sin solución de continuidad a un libro reciente en el que el Psiquiatra González Duro analiza la influencia de la figura de Franco en los hábitos y comportamientos políticos de la sociedad española y sus líderes en democracia. La conclusión es clara: cuarenta años de socialización –dos generaciones- en una cultura política basada en la negación moral y física del desafecto en cualquiera de sus denominaciones (republicano, socialista, comunista, izquierdista, liberal, radical, ateo, masón, internacionalista, nacionalista, separatista, regionalista, judeobolchevique, etc.), en una cultura de exaltación mesiánica de la figura líder en términos y hasta extremos que hoy consideraríamos propios de sectas o colectivos humanos psicopáticos, con la coartada moral otorgada por el palio de la Iglesia y construida ideológicamente sobre el estrecho paradigma de la unidad de España, El Cid con sus mesnadas e Isabel la Católica, cuarenta años, se notan por fuerza, y no sólo ni especialmente en la población situada en la derecha.

De no ser por la escandalera de los casos de corrupción y las pésimas cifras de empleo de los primeros años noventa, González se hubiera convertido en el contrapunto democrático de Franco. Hubiera ganado una quinta elección en 1996 y posiblemente una sexta en 2000. Democráticamente, sí, pero prueba de dos de los síntomas de la larga sombra del General: el de una sociedad que busca, más que Presidentes, emisarios de la providencia capaces de dirigirnos y ponernos en orden, que tiende a dar mayorías absolutas a poco bien que se gestione lo público y a mantener cargos y representantes prácticamente ad eternam, y el de unos líderes con una visión providencial de sí mismos, que se piensan imprescindibles, insustituibles (recuerdo ahora aquel “mi sustituto está ahora mismo en COU”, dicho por Felipe entrados los noventa y con más de diez años de presidencia) o llamados a “situar a España en el lugar que le corresponde en la historia” (Aznar dixit) o a otras misiones visionarias, siempre por nuestro bien aunque, limitados como somos el resto, incluso el Parlamento, no estemos en condiciones de entenderlo, como ocurrió con la participación directa de España en el desastre de Irak decidida por el ultraconservador Aznar.

Y hay otras muchas evidencias de lo mismo. Los contrapesos al poder ejecutivo se manifiestan a menudo deficientes en su dinámica, la oposición tiende a ser contemplada –y no sólo por la mayoría gubernamental- más como un obstáculo o una anomalía que como el eje del sistema que es, las Fuerzas Armadas, aunque recicladas en la democracia y sometidas al poder civil, mantienen en su definición constitucional el ambiguo mandato de mantener la “integridad territorial de España”, en los partidos políticos se ensalza como único modelo eficaz el del mando férreo y absoluto (“el que se mueva no sale en la foto”), asimilando los ejercicios de democracia interna –primarias, congresos inciertos, alternativas o corrientes- con síntomas de debilidad y no de fortaleza. El sustituto de Aznar en la presidencia del Partido Popular y en la candidatura a la del Gobierno fue designado por él -como Franco designó a su sustituto en la Jefatura del Estado- y comunicado a la opinión pública sin el decoro de aparentar la más mínima formalidad orgánica, conducta que, lejos de merecer un análisis crítico, recibió el elogio de los superdemócratas de cada mañana. Y es que otro síntoma de la sombra del general es el menudeo de hagiógrafos y propagandistas cuyas crónicas cotidianas son el acta más fidedigna de lo que estamos refiriendo.