Lo que queda del General (y II)
Pero si el género de efectos de la larga noche de piedra sobre el cuerpo social abarcan el conjunto, en una parte del mismo, en la derecha democrática, pervive casi intacto el edificio ideológico franquista, y sus mitos y obsesiones gozan desde el año 2000 de una extraña y desasosegante salud. Una última muestra es el botón de la reciente pastoral “España como Bien Moral” de la Conferencia Episcopal, que no sabe uno si se acaba de redactar o simplemente han hurgado los prelados en los archivos de Pla y Deniel. Por eso, en estos días en que se tramita en el Parlamento el discutido y discutible Proyecto de Ley de Memoria Histórica, o de Reparación Moral de las Víctimas de la Guerra y del Franquismo, denostado precisamente por la derecha, política, sociológica y clerical, se imponen ciertas aclaraciones sobre la cuestión, con la simple intención de que queden escritas:
1º.- La revisión histórica de los orígenes de la Guerra Civil, del alzamiento militar, el franquismo y la represión se acometió con desvergonzada contundencia a partir del año 2000, al calor de la mayoría absoluta obtenida por el Partido Popular, por un conjunto de sujetos no historiadores, sino propagandistas conversos, como los neocon norteamericanos, de la izquierda más o menos radical o directamente terrorista, que sin otro esfuerzo intelectual que la transcripción de los textos de la causa general recuperaron como verdades históricas las burdas coartadas autojustificativas propagadas por y durante el franquismo, rechazadas por la comunidad científica: los causantes de la guerra civil no fueron los golpistas alzados contra el gobierno legítimo de la República el 18 de julio de 1.936; la guerra civil comenzó en 1.934 en Asturias y fue iniciada por los socialistas; lo que hicieron los sublevados fue dar un golpe preventivo para librar a España del bolchevismo; su pecado no fue otro que habérseles ido algo la mano. Tal como suena.
2º.- Que tanto la derecha política como, fundamentalmente, sus terminales mediáticas y substancialmente las de la Iglesia Católica, pusieron a disposición de esta particular facción negacionista una enorme cantidad de recursos, editoriales, periódicos, revistas, programas en radio y televisión, etc. con los poder que inyectar el fruto de sus obsesiones en la población, lo que consiguieron con incomprensible éxito.
3º.- Que en sintonía con la corriente, la Iglesia Católica, que jamás ha hecho auténtico examen de conciencia por su apoyo expreso a la sublevación y al bando rebelde, en cuyos templos perviven las inscripciones de los Caídos por Dios y por España y que en su “España como Bien Moral” se permite hablar con desdén de no reabrir viejas heridas, para referirse a quienes buscan a familiares en fosas comunes, lleva los últimos diez años r
eabriéndolas en una ridícula y vergonzante carrera por elevar a los altares a clérigos, frailes o monjas pésimamente llamados mártires de la guerra civil, que ha producido que España tenga el inútil honor de ser, con muchísima distancia sobre los demás, el país con más beatos del mundo.
4º.- Que el discurso político de la derecha liderada por Aznar fue incorporando progresivamente los términos y conclusiones de los revisionistas, recuperando para el debate político la dicotomía ultranacionalista buenos/malos españoles, asimilando la discrepancia con la antiespañolidad –así escrito por muchos de los intelectuales de la facción-, categoría simétrica a la acuñada por el franquismo, en la que estaban situados nacionalistas radicales o moderados y la izquierda en su conjunto, cuyos intereses convergían, en ese discurso, con los de quienes tenían como misión destruir el país, simbolizados en separatistas, terroristas e islamistas.
5º.- Frente a esta reconstrucción ideológica e histórica, la indagación del paradero de familiares sepultados en fosas comunes, que acometen de manera progresiva ciudadanos nacidos o
educados en democracia que no sienten como propios los miedos y silencios de la transición, y que por eso mismo tienen la capacidad e iniciativa que jamás tuvieron quienes padecieron de cerca la guerra y la represión, hoy muertos o ancianos, lo más que puede merecer de quien lo juzgue inconveniente es el silencio, aunque sólo sea por razones elementales de dignidad, empatía, o, si se quiere, caridad. Sin embargo el discurso revisionista y pastoral, a través de sus medios, ha mostrado contra estos actos toda su fiereza, despreciándolos como puramente revanchistas, o como un ejercicio reapertura de heridas, las mismas que el liderazgo integrista de Rouco Varela y sus locutores mantiene en carne viva desde hace dos lustros.
6º.- Que, en conclusión, mi convencimiento, contra todo lo que se dice y escribe, es que no es el actual Gobierno quien ha propiciado este estado de cosas, ni la revisión histórica, ni la ruputura del pacto constitucional, sino quien ha de encarar un problema que probablemente antes o después debía ser asumido y que, se haga como se haga, nunca dejará satisfecho a prácticamente nadie. De hecho el Proyecto presentado no ha merecido el voto a favor de ningún otro partido, ni en la derecha ni en la izquierda.
Volviendo al comienzo de este dilatado apunte, si la Ministra de Palacio fuese aragonesa o extremeña y no vasca, Rajoy nunca, consciente ni inconscientemente, la habría definido como “enormemente española”; este es el tipo de calificativo empleado ad nauseam por el discurso franquista siempre que se hacía mención, desde cualquier terminal de comunicación oficial, de algún ciudadano de origen vasco o catalán, de quien siempre, pero siempre, se remarcaba a continuación su condición española. La expresión catalán españolísimo es el paradigma.
El conjunto social español acusa en su comportamiento político hábitos o tendencias que pueden tener explicación en los cuarenta años de franquismo. Ese es un efecto de la dictadura que todavía no ha pasado. El otro es que una parte significativa de su base ideológica, ha sido objeto de una sorprendente recuperación e incorporada al discurso político de un sector, importante, de la derecha democrática.
1º.- La revisión histórica de los orígenes de la Guerra Civil, del alzamiento militar, el franquismo y la represión se acometió con desvergonzada contundencia a partir del año 2000, al calor de la mayoría absoluta obtenida por el Partido Popular, por un conjunto de sujetos no historiadores, sino propagandistas conversos, como los neocon norteamericanos, de la izquierda más o menos radical o directamente terrorista, que sin otro esfuerzo intelectual que la transcripción de los textos de la causa general recuperaron como verdades históricas las burdas coartadas autojustificativas propagadas por y durante el franquismo, rechazadas por la comunidad científica: los causantes de la guerra civil no fueron los golpistas alzados contra el gobierno legítimo de la República el 18 de julio de 1.936; la guerra civil comenzó en 1.934 en Asturias y fue iniciada por los socialistas; lo que hicieron los sublevados fue dar un golpe preventivo para librar a España del bolchevismo; su pecado no fue otro que habérseles ido algo la mano. Tal como suena.
2º.- Que tanto la derecha política como, fundamentalmente, sus terminales mediáticas y substancialmente las de la Iglesia Católica, pusieron a disposición de esta particular facción negacionista una enorme cantidad de recursos, editoriales, periódicos, revistas, programas en radio y televisión, etc. con los poder que inyectar el fruto de sus obsesiones en la población, lo que consiguieron con incomprensible éxito.
3º.- Que en sintonía con la corriente, la Iglesia Católica, que jamás ha hecho auténtico examen de conciencia por su apoyo expreso a la sublevación y al bando rebelde, en cuyos templos perviven las inscripciones de los Caídos por Dios y por España y que en su “España como Bien Moral” se permite hablar con desdén de no reabrir viejas heridas, para referirse a quienes buscan a familiares en fosas comunes, lleva los últimos diez años r
eabriéndolas en una ridícula y vergonzante carrera por elevar a los altares a clérigos, frailes o monjas pésimamente llamados mártires de la guerra civil, que ha producido que España tenga el inútil honor de ser, con muchísima distancia sobre los demás, el país con más beatos del mundo.4º.- Que el discurso político de la derecha liderada por Aznar fue incorporando progresivamente los términos y conclusiones de los revisionistas, recuperando para el debate político la dicotomía ultranacionalista buenos/malos españoles, asimilando la discrepancia con la antiespañolidad –así escrito por muchos de los intelectuales de la facción-, categoría simétrica a la acuñada por el franquismo, en la que estaban situados nacionalistas radicales o moderados y la izquierda en su conjunto, cuyos intereses convergían, en ese discurso, con los de quienes tenían como misión destruir el país, simbolizados en separatistas, terroristas e islamistas.
5º.- Frente a esta reconstrucción ideológica e histórica, la indagación del paradero de familiares sepultados en fosas comunes, que acometen de manera progresiva ciudadanos nacidos o
educados en democracia que no sienten como propios los miedos y silencios de la transición, y que por eso mismo tienen la capacidad e iniciativa que jamás tuvieron quienes padecieron de cerca la guerra y la represión, hoy muertos o ancianos, lo más que puede merecer de quien lo juzgue inconveniente es el silencio, aunque sólo sea por razones elementales de dignidad, empatía, o, si se quiere, caridad. Sin embargo el discurso revisionista y pastoral, a través de sus medios, ha mostrado contra estos actos toda su fiereza, despreciándolos como puramente revanchistas, o como un ejercicio reapertura de heridas, las mismas que el liderazgo integrista de Rouco Varela y sus locutores mantiene en carne viva desde hace dos lustros.6º.- Que, en conclusión, mi convencimiento, contra todo lo que se dice y escribe, es que no es el actual Gobierno quien ha propiciado este estado de cosas, ni la revisión histórica, ni la ruputura del pacto constitucional, sino quien ha de encarar un problema que probablemente antes o después debía ser asumido y que, se haga como se haga, nunca dejará satisfecho a prácticamente nadie. De hecho el Proyecto presentado no ha merecido el voto a favor de ningún otro partido, ni en la derecha ni en la izquierda.
Volviendo al comienzo de este dilatado apunte, si la Ministra de Palacio fuese aragonesa o extremeña y no vasca, Rajoy nunca, consciente ni inconscientemente, la habría definido como “enormemente española”; este es el tipo de calificativo empleado ad nauseam por el discurso franquista siempre que se hacía mención, desde cualquier terminal de comunicación oficial, de algún ciudadano de origen vasco o catalán, de quien siempre, pero siempre, se remarcaba a continuación su condición española. La expresión catalán españolísimo es el paradigma.
El conjunto social español acusa en su comportamiento político hábitos o tendencias que pueden tener explicación en los cuarenta años de franquismo. Ese es un efecto de la dictadura que todavía no ha pasado. El otro es que una parte significativa de su base ideológica, ha sido objeto de una sorprendente recuperación e incorporada al discurso político de un sector, importante, de la derecha democrática.

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